En el fondo de una cafetería llena de gente, una joven repasa la pantalla de su móvil, fingiendo leer correos electrónicos.
Su abrigo es de un gris seguro y discreto, sus uñas desprovistas de color, sus zapatillas casi se confunden con el suelo. Levanta la vista solo el tiempo suficiente para sonreír con cortesía y luego vuelve a fundirse con el fondo, como si intentara borrarse de la imagen.
A dos mesas de distancia, un chico con una sudadera azul desteñida evita el contacto visual, tirando de las mangas hasta los nudillos. Su ropa parece cómoda, pero hay algo más: funciona como una armadura. Colores elegidos no para expresar quién es, sino para ocultar lo que no quiere sentir.
La psicología tiene una palabra para esta forma de “desaparecer” a través del estilo. Y señala discretamente tres colores que aparecen una y otra vez en personas con baja autoestima.
El lenguaje oculto del color y la autoestima
La psicología del color no trata solo de qué tono favorece tu piel. Se trata de cómo tus elecciones transmiten lo que, en el fondo, crees merecer. Cuando baja la autoestima, el cuerpo suele reaccionar antes de que la mente lo asuma. Elegimos prendas que parecen seguras, no las que realmente van con nosotros.
Investigadores y terapeutas han observado un patrón: ciertos colores están sobrerrepresentados en personas que se sienten pequeñas, culpables o no merecedoras. No por un día, sino como hábito de largo plazo. El armario se convierte en un diario silencioso de cómo se hablan a sí mismas cada mañana.
Algunos dicen que “simplemente no les atraen los colores”. Pero sus ojos se iluminan cuando se prueban algo más vivo, para enseguida apagarse al devolverlo a la percha. Esa vacilación dice mucho.
Toma el negro, la estrella de la confianza de baja visibilidad. La moda afirma que es elegante, adelgaza, es atemporal. Los psicólogos ven otra cosa cuando el negro se convierte en la única opción. El negro absorbe la luz; también la atención. Es perfecto si te aterra que te vean o ocupar un espacio que, en el fondo, crees que no mereces.
Después viene el gris sucio, no el carbón intencionado de un abrigo de diseño, sino los grises cansados de camisetas viejas y jerséis gastados. Quienes tienen baja autoestima a menudo se esconden en esta niebla. El gris es el color de lo “neutral”, del “no me mires, no me preguntes”. Es el equivalente emocional de hablar en un susurro.
El tercer color es más sutil: marrón apagado. No caramelo cálido o chocolate intenso, sino marrones planos y sin vida que apagan la piel. A veces, los terapeutas escuchan a clientes describirse como “aburrida”, “normal”, “nada especial” mientras llevan justamente esos tonos. No es una prueba por sí solo, pero la coincidencia resulta reveladora.
Por sí solos, cualquiera de estos colores puede ser elegante, poderoso o deliberado. La señal de alarma se enciende cuando tu armario parece un túnel negro–gris–marrón sin salidas.
Cuando tu armario se convierte en un reflejo de tu autoestima
Una psicóloga afincada en París me contó el caso de una paciente que acudía todas las semanas casi con el mismo conjunto: sudadera negra, vaqueros oscuros, deportivas grises. Veintitantos años, inteligente y graciosa, cuando se relajaba. Pero su primera frase en terapia era: “Odio que me miren”. Su ropa ya hacía el trabajo por ella.
Semana tras semana, describía sentirse “invisible en el trabajo”, “intercambiable en las relaciones”, “no lo bastante guapa para los colores”. Insistía en que el negro era simplemente “práctico”. Hasta que un día apareció con una bufanda azul claro. Nada dramático. Pero todos en la oficina lo notaron. Se asustó y no volvió a ponérsela durante un mes.
Ahí está la paradoja: quienes tienen baja autoestima dicen desear que los demás les vean, les respeten, les valoren. Al mismo tiempo, usan “no-colores” como escudo frente a ese mismo foco.
Una encuesta en el Reino Unido sobre estilo en el trabajo reveló que los empleados que calificaban su confianza como “baja” eran el doble de propensos a describir su guardarropa como “monocromo, mayormente oscuro”. Quienes se veían como “muy seguros” no se vestían necesariamente como un arcoíris. Simplemente mostraban mucha más variedad: un color potente, un estampado, un accesorio llamativo.
En notas de terapia y estudios de observación, negro, gris sucio y marrón apagado surgen una y otra vez como un estribillo silencioso. No como villanos, sino como pistas. Suelen estar vinculados a pensamientos como “No quiero destacar”, “No quiero equivocarme”, “No merezco cosas llamativas”.
La lógica es brutal pero sencilla: si crees que eres “demasiado”, te apagas a ti mismo. Si crees que “no eres suficiente”, intentas desaparecer. Los colores se convierten en una negociación con la vergüenza.
Cómo usar el color para reconstruir la autoestima poquito a poco
Un método sencillo y práctico que muchos terapeutas recomiendan es la “regla del un paso más”. Mantén tus queridos negro, gris o marrón si te reconfortan. Añade después solo una prenda que te haga sentir un poco más vivo: una camiseta más viva bajo la chaqueta negra, una bufanda de color con el abrigo gris, unos calcetines que solo tú notes.
No es un programa de “cambio de imagen”. Es terapia de exposición, pero para la visibilidad. La idea es probar una nueva historia: “Puedo existir en color y no ocurre nada terrible”. Empieza por diez minutos, una pequeña gestión, un día de teletrabajo por videollamada. Experimentos minúsculos, repetidos con frecuencia.
A veces, lo más fácil es empezar en casa. Una taza de color, un cojín turquesa, una libreta verde en el escritorio. Poco a poco el cerebro empieza a asociar el color con seguridad, no con peligro.
Un error común es saltar de los conjuntos negros directos a un vestido rojo chillón de pies a cabeza o una chaqueta neón. Es como pasar de susurrar a gritar en una habitación silenciosa. El sistema nervioso se rebela y vuelves corriendo al jersey negro, diciéndote: “¿Ves? El color no es para mí”.
Otra trampa es reservar el color solo para “ocasiones especiales”, esperando el cuerpo perfecto, el trabajo perfecto, la vida perfecta. Si solo usas color cuando te ves impecable, nunca lo vas a llevar. Los colores deben poder acompañarte también en los días de inseguridad. Muchas veces son justo los días en los que más falta hacen.
A nivel humano, esto va menos sobre moda y más sobre permiso. Permiso para ser visto, para ocupar un poco de espacio visual, para decir “existo” sin pedir perdón con cada tono que eliges.
“Cuando alguien empieza a reintroducir el color en su vida, rara vez es por gusto”, explica una psicóloga clínica que entrevisté. “Se trata de autoestima. Se están diciendo a sí mismos, quizá por primera vez: tengo derecho a ser visible.”
Para hacerlo práctico, aquí tienes una pequeña lista para resetear el color sin darle la vuelta a tu vida:
- Abre tu armario y cuenta cuántas prendas son negras, gris sucio o marrón apagado.
- Elige solo una prenda que te guste y tenga más color, aunque ahora mismo te parezca “demasiado”.
- Póntela primero en casa y luego para una salida breve y sin presión.
- Fíjate en tu diálogo interno ese día: ¿es más duro, más suave, o solo más intenso?
- Repite una vez por semana con minúsculos cambios, no radicales.
Tres colores, sí - pero la historia que hay detrás es la tuya
Los tres colores señalados por la psicología en la baja autoestima - negro, gris sucio, marrón apagado - no te juzgan. Solo lanzan una pregunta silenciosa: ¿los eliges tú, o te eligen ellos a ti? Esa sola pregunta puede tambalear años de hábitos cimentados en la inseguridad.
En un mal día, coger la misma sudadera oscura sale natural. Es más rápido. Más seguro. No hay que decidir nada. En un nivel más profundo, es una forma de decir: “Hoy no voy a intentar encajar”. Si lo haces suficiente tiempo, esas decisiones mínimas se incrustan en la identidad. Dejas de preguntarte qué te gusta de verdad.
Todos hemos vivido ese momento de ver una foto antigua y pensar: “Vaya, se me había olvidado que una vez me vestía así”. A veces lo opuesto duele más: darte cuenta de que tu estilo no ha cambiado en diez años, no porque aún te encante, sino porque tu autoestima se quedó congelada. Seamos honestos: nadie revisa de verdad, cada día, ese trabajo de introspección frente al espejo.
El color no cura el trauma, el acoso ni años de críticas. Lo que sí puede es funcionar como una microdecisión diaria. Una forma de decirte, suavemente: “Quizá no soy tan poco valioso como pensaba”. Quizá se permite un jersey azul en lunes. Quizá se permite un marrón cálido que ilumine los ojos en vez de apagarlos.
Los tres “colores de la baja autoestima” son solo un punto de partida. El trabajo real empieza cuando te preguntas por qué te sientes más seguro oculto bajo ellos. Y qué puede pasar - en tu interior y a tu alrededor - si dejas entrar solo un poquito más de luz.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
| Tres colores recurrentes | Negro, gris sucio, marrón apagado asociados a patrones de retirada | Ponerle palabras e imagen a una sensación difusa |
| El armario como espejo | Hábitos de vestimenta que pueden revelar baja autoestima | Tomar conciencia de automatismos cotidianos |
| Microcambios concretos | Regla del “un paso más” y experimentos de color graduales | Acciones sencillas para probar una nueva relación contigo |
FAQ:
- ¿Negro, gris y marrón son siempre señales de baja autoestima? No. Toman ese significado cuando dominan tu armario, parecen más una forma de ocultarse que una elección, y encajan con un patrón de autocrítica prolongada.
- ¿Puede alguien seguro de sí mismo adorar el negro? Sí. Las personas con confianza suelen usar el negro como apuesta fuerte y deliberada, normalmente acompañado de textura, forma o un estilo muy personal.
- ¿Cómo sé si mis elecciones cromáticas parten del miedo? Pregúntate: “Si hoy nadie me juzgase, ¿qué me pondría?” Si la respuesta es muy diferente de lo que llevas puesto, seguramente hay miedo en la ecuación.
- ¿Basta cambiar los colores para sentirme mejor conmigo mismo? No. El color es una herramienta, no una cura. Funciona mejor junto con terapia, autocompasión y conversaciones honestas sobre qué dañó tu autoestima.
- ¿Por dónde empiezo si los colores vivos me intimidan? Empieza en pequeño: una bufanda, una libreta, esmalte de uñas, o calcetines bajo tu ropa habitual. Da tiempo a tu sistema nervioso a acostumbrarse a “ser un poco más visible” al ritmo que te resulte manejable.
Comentarios (0)
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario